Deseadas Avellanas
Me asomé por la ventana esa mañana nublada y frívola. Sí, una mañana perfecta para mi gusto, la verdad. Me encantan los días así, donde reina la oscuridad en esta odiosa ciudad que tengo más que vista. Revolví mi pelo negro azabache dejándolo desaliñado y cogí mi ropa negra del armario. Entré al cuarto de baño y me vestí con toda la rapidez que pude. Sí, hoy era un jodido lunes y ya iba con el tiempo justo, MUY PERO QUE MUY JUSTO.
Soy Gerard Arthur Way, prefiero suprimir mi segundo nombre ya que lo odio profundamente. Tengo diecinueve años y acabo de terminar segundo de bachillerato. Me encontraba haciendo la carrera de artes plásticas en una Universidad no muy lejos de mi casa. Llevaba días buscándome un piso para largarme de aquí, pero , casualidad del destino, no encontraba nada bueno y barato.
-¡Arthur baja a desayunar o llegarás tarde! - Me gritó mi madre desde la cocina. Me limité a resoplar y a terminar de arreglarme. Delineé mis ojos en negro y dejé que mi cabello negro cayera hasta mis hombros antes de bajar a "desayunar".
Bajé las escaleras a toda prisa, engullí literalmente las tortitas de mi madre y me largué de casa para no despertar a mi hermano pequeño Mikey. Yo entraba antes que él así que intentaba no despertarle día a día, pero los sábados y los domingos me daba el placer de despertarle yo mismo con una buena jarra de agua fría , cosa que él siempre se levantaba de mala leche pero después se reía y me devolvía la broma. Corrí para coger el autobús que pasaba por mi calle y me subí con toda la humanidad mundana que tomaba rumbo a su trabajo a esta hora. Había madres solteras con uniformes de cocineras, limpiadoras o enfermeras, jóvenes con su odiada música electrónica a todo volumen, hombres con aspecto ejecutivo y viejecitas que solo iban a salir a comprar por la mañana temprano para coger las ofertas. Cinco minutos...Diez minutos... ¡Joder! ¡Se me van a desangrar los jodidos oídos con esa música! Existen los auriculares, ¿sabéis? Bien, las seis y media de la mañana y yo estresado, de puta madre.
Llegué a las siete a la puerta de la Universidad y entré en una de las clases. Sí, era muy pronto, lo sé, pero llegaba antes a posta para poder pintar tranquilo y que ningún idiota me diera el coñazo. Mis cuadros eran alternativos a todos los demás. Solía pintar cosas oscuras que pocas personas entendían y que pocas personas valoraban. Según mi profesor, no tenía futuro en esto. "No sirves para esto, métete a trabajar de camarero en algún bar de carretera y olvídate" Palabras textuales. Bueno, yo trabaja en un bar por la noche para sacar algo de dinero y así poder comprarme ese piso que tanto deseaba, pero no había dejado mis "estudios". Mi Universidad estaba al lado de una especie de colegio para ricos con talento musical, cosa que yo nunca había pisado. Si os digo la verdad, nunca he escuchado nada procedente de ese colegio que me gustara o me llamara la atención. Pero bueno, si vale un pastón meterse ahí, por algo será. Las putas clases pasaron rápido y dieron las seis de la tarde. Me colgué la mochila al hombro y emprendí mi camino hacia la parada del autobús. Justo al cruzar la carretera y pasar a la acera siguiente ví salir a alguien bastante tarde del colegio de niños prodigio y ricachones. Llevaba una guitarra colgada a la espalda. Era bajito, con el pelo negro y era la cosita más adorable que había visto en toda mi vida. Sí, se me olvidó mencionar que era bisexual aunque estaba saturado de las mujeres, son muy problemáticas. La verdad es que su apariencia no parecía la adecuada para asistir a ese colegio de niños pijos del cual salía. Mis ojos verdes se cruzaron con los suyos en una décima de segundo mientras que yo estaba apoyado en la parada. Sí, unos cautivadores ojos avellanas que me habían llevado por el camino hacia el infierno. Sí, al infierno porque posiblemente no piense cosas "buenas" con esos ojazos y ese chico.
A las seis y media ya estaba en mi casa y a las ocho empezaba mi turno en el trabajo. Cogí una goma del pelo negro y la até a mi muñeca. Ordené un poco esa leonera a la que yo llamaba "habitación". Mikey subió a echarme una mano y de verdad que se lo agradecía muchísimo porque sino, no terminaría ni en mil años. Se hicieron las siete y cuarto y tuve que salir corriendo a coger otro jodido autobús para ir al bar donde trabaja. Estaba ambientado un poco oscuro, con música en directo y con muchos autógrafos de artistas famosos. La verdad es que no me desagradaba trabajar allí pero mi turno terminaba a las dos de la madrugada y apenas dormía entre semana, sin contar que los sábados y los domingos salía por ahí y apenas dormía. Sobrevivía gracias a una base alimenticia de café. Sí, el café/mi perdición. Soy adicto al café, creo y según mi madre. Llegué quince minutos antes al trabajo y me recogí el pelo en una pequeña coleta con dos mechones a los lados. Me puse el uniforme y fui a la barra.
-Way, hoy tenemos bastante clientela porque viene un grupo famoso a tocar así que, estate espabilado -Me dijo mi jefe serio y con la precisión en su mirada.
-Sí, señor- Me limité a decirle a ese monstruo que tenía por jefe.
Limpié la barra con un trapo de la cocina para quitarle algo de polvo a esa cárcel que me tenía fuera de juego. A las ocho justas, el bar se abarrotó de gente e , increíblemente, el grupo de música que actuaba esta noche llegó a tiempo. Comenzaron a tocar y la gente miró ensimismada ese "mini-concierto" que estaban dando. Cuando mi mente tuvo tiempo de irse a su mundo, en lo primero que pensó fue en esos ojos avellanas que se habían cruzado en su destino esta misma tarde. Ese pequeño chico que tanto me había llamado la atención. Deseaba volver a verle, deseaba oír su voz para saber como sonaba, aunque solo fuera verlo una vez más, quería saber su nombre. Estaba en mi mundo de fantasías indebidas cuando escuché la desagradable voz de mi jefe.
-Estás de suerte, necesitamos personal atendiendo las mesas y esto supondrá una paga extra para ti, así que, sal de esta jodida barra y sirve con los demás -Salí corriendo de la barra y tomé una bandeja para empezar a abastecer los deseos de los clientes.
Me acerqué una mesa con la agilidad suficiente como para que ninguno de mis compañeros me quitaran los clientes. Me presenté como nos obligaban a hacer en este bar y saqué el bolígrafo que llevaba atado en un cinturón a mi cadera.
-Buenas Noches, soy Gerard Way y esta noche seré su camarero, ¿qué puedo servirles? -Dije con una sonrisa falsa hacia mis nuevos clientes. Era un matrimonio que parecía bastante adinerado con su hijo. Sí, un hijo de unos 17 años que me resultaba muy familiar. En un décima de segundo , esos ojos avellanas se clavaron en los míos y me dedicó la mejor sonrisa que jamás pude ver en alguien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario